Mis Lecturas de Arguedas

Monday, April 03, 2006

Vetas religiosas: El zorro de arriba y el zorro de abajo

Vetas religiosas: El zorro de arriba y el zorro de abajo



Luego de un largo transitar por el mundo de ficción de Arguedas llegamos a su última obra. Es indudablemente diferente. El espacio ya no es la sierra, sino la costa, por consiguiente los personajes no son indios y señores, sino un mosaico de prostitutas, locos, y religiosos, pescadores y mercaderes, extranjeros y peruanos de todas partes. El aspecto religioso no se escapa de este novedoso marco. El mundo de Chimbote de los finales de la década del sesenta, cuando la ciudad, gracias a la floreciente industria pesquera, había experimentado un vertiginoso crecimiento en el cual “en tres años había aumentado la población quizá de cuatro mil a treinta mil” (159), rompe con el escenario tradicional arguediano del catolicismo institucionalizado al servicio de los poderosos por un lado y las creencias ancestrales de los indígenas por el otro. Aquí Arguedas incorpora a su mundo novelesco dos corrientes que posteriormente moldearían el escenario religioso peruano: los evangélicos y la teología de la liberación.

Los evangélicos, de quienes se dice que hay cientos “andan en las puras barriadas” de los pobres están representados en la obra como un grupo que basa mucha de la predicación en los profetas, que tiene un “canto desabrido....no es guitarra, no es alegría, no es tristeza” (126), cuyo líder es un Hermano ante quien Jesusa trata de animar a don Esteban, su moribundo marido, que confiese “un pecado grande” (127)

El catolicismo, por otro lado, presenta una imagen nueva. “En Chimbote, de siete congregaciones religiosas cinco son yankis” (91) Los curas son norteamericanos y no hablan bien el español, pero a la usanza establecida por el Concilio Vaticano II de 1962, intervienen a sus asuntos pastorales “vestidos de civil” (59). Los curas, liderados por Cardozo, un “cura yanki con apellido latino” establecieron la organización Plan de Padrinos, que portegía a las “familias comprobadísimamente pobres” (91) a través de la cual se apadrinaba un hijo de cada familia numerosa con un padrino gringo. Lo más representativo de este grupo de religiosos es la presencia del retrato al óleo del Che Guevara que presidía la oficina del padre Cardozo debajo del cual había uno de Cristo “desigual pintado en una hoja grande de papel forrado de naylon. Había sido pintado con lápices-cera escolares. El rostro del Cristo parecía muy indianizado por el color, la forma de los ojos, que eran unas rayas negras” (162) Este grupo de clérigos representa a aquellos denominados “tercermundistas” de las décadas del sesenta y setenta, pero que en círculos teológicos se los definió como “de la liberación” Es significativo que en esta obra Arguedas los representa a través de sacerdotes norteamericanos cuya vocación era “la salvación por el superamiento del subdesarrollo” (163) y reconociendo que Estados Unidos es la más grande potencia del mundo “hay que destruir la dependencia” Es en esta misión emancipadora que los padres se avocaron a trabajar en las barriadas, donde hay “más necesidades y más esperanza” (165)

Indudablemente esta referencia a los clérigos de la Teología de la Liberación en El zorro de arriba y el zorro de abajo es reflejo de la simpatía que Arguedas tuvo por el movimiento. El autor mantuvo una cercana amistad con Gustavo Gutierrez, uno de los precursores del movimiento y quien celebró la misa en su funeral en 1969.

Para mí, que he estado siguiendo estas vetas religiosas desde las más tempranas manifestaciones literarias de este gran escritor peruano, me parece muy significativo que al final de sus días haya reconciliado en el cristianismo la fe y la preocupación social. Arguedas respetó las creencias de los indígenas que perduraron y sobrevivieron a través de los siglos, pero al final de sus días encontró, al parecer, una respuesta en un cristianismo que dejó los hábitos, el púlpito, las prédicas que hacían llorar a los indios porque andaba del brazo de los señores, para comprometerse con los pobres en las barriadas. Un cristianismo portador de un mensaje de esperanza, no sólo en el más allá sino en el aquí y el ahora.

Monday, March 27, 2006

Todas las sangres. Segunda parte




Todas las sangres. 2

Al llegar a la segunda parte de esta obra nos encontramos con muchos de los elementos recurrentes de una cosmovisión andina muy vigente y enraizada en el pensar de los indígenas. Al aproximarnos a la conclusión de todas estas lecturas nos preguntamos: ¿será que luego de cuatrocientos años de imposición del cristianismo los indígenas continuaban tan aferrados a sus creencias precolombinas? ¿Es posible que, de acuerdo al parecer de Angel Rama, Arguedas mismo tenía una cosmovisión muy animista-panteísta y plasmó esta óptica en sus personajes? ¿Es esta una mera estrategia literaria? ¿Hay aquí un poco de realismo mágico en la creación arguediana? Quisiera hacer notar en esta oportunidad tres rasgos de las creencias andinas que aparecen en la obra y que ya habíamos observado antes.

En La Agonía del Rasu Ñiti se pone en manifiesto la creencia de que el cóndor era un dios y aquí se lo reitera en el incendio del pueblo de San Pedro, uno de los sucesos climáticos de la obra. Cuando los soldados lo estaban incendiando, entre el fuego de la iglesia y el cuerpo de Bellido que era llevado desangrándose, descendió un cóndor volando al ras.

“Su cuello blanco, su collera nívea, iluminó todo el cielo.
Los tres regidores indios lanzaban alaridos:
- ¡Auki dios, Auki dios!
- ¡Wamani dios, Wamani dios!” (341)

En los poemas habíamos observado rasgos sincretistas, aquí, nuevamente se ve a Jesucristo como un dios más que se venera. David al pensar en don Bruno su patrón dice“Es hijo del dios Pukasira y del dios Nuestro Señor Jesucristo. ¡Ahí está juntos se ven en él! La barba rubia, los ojos azules, ser mujeriego, tener caridad, es hechura de Nuestro Señor Jesucristo, pero su decisión de defender al colono, al indio, el haber abrazado al viejo alcalde y rezado junto con él, eso es obra de del Padre Pukasira. El lo ha hecho andar hasta Paraybamba, él ha hecho resucitar a la comunidad. (280)

En Yawar Fiesta ya se reflejaba la creencia de ver a los montes altos como dioses, o como formaciones donde habitaban los espíritus de dioses. En Todas las sangres la creencia es más compleja, se invoca al dios a que defienda sus posesiones. Al llegar al estrato de plata Justo Pariona se quitó el casco y la máscara, se arrodilló. “¡Que no sea para el mal, para el sufrimiento de los que no tienen amparo! El metal es del diablo!. Por eso nuestro padre Apukintu lo oculta. Pero los señores han inventado máquinas. Ellos manejan el mal como el bien, ahora ¡Dios Padre Apukintu: defiéndete! – rezó en alta voz. (284)

Algunos de los personajes mismos de la obra expresan su desprecio por la fe indígena. Fermín cataloga las creencias de los indios como sensiblería que los hace seres inferiores. le dice a su esposa: “creer que las montañas sufren y tienen poder los convierte en seres indeseables, porque la sensiblería ocupa en ellos el primer lugar, y el individuo casi no existe” (286) Esta es la voz del letrado en la novela, pero Arguedas, como letrado que era no parece compartir el parecer.. No creemos que estos sean rasgos de un realismo mágico. Afirmamos la categoría en que Angel Rama ubica a Arguedas, como alguien que no se comprometió con las nuevas corrientes que abrazaron sus contemporáneos Creemos que el autor considera la religión indígena como una realidad y como un elemento de la idiosincrasia quechua que permanece vigente y los distingue de los mestizos.

Saturday, March 18, 2006

Todas las sangres. Primera parte




En esta primera parte no he encontrado muchas referencias a lo que sido mi tema de interés. Creo que al principio de la obra Arguedas establece los diferentes personajes y el entorno en que se mueven.

La novela se inicia con la muerte de un gran hacendado, don Andrés, quien desde lo alto de la torre de la iglesia, pronuncia un discurso y en su agonía maldice a sus hijos, Bruno y Fermín, quienes lo habían despojado y robado y se suicida. Este anatema no sólo alcanza a sus hijos, sino a las otras haciendas que hasta entonces habían alcanzado su esplendor gracias a la explotación del indígena. Uno de sus hijos, Bruno, de personalidad compleja y contradictoria, quien por raza es blanco pero culturalmente es un indio, representa al pasado y el presente feudal que se resiste a desaparecer. Es un amo despótico, pero también paternalista. En estas antípodas, se encuentra su conducta ambigua, es sensible e indeciso y aberrado sexual, que oscila entre la culpa y el castigo.

En el otro extremo del péndulo está Fermín, el otro hermano, abocado a un proyecto de modernizar las haciendas y decide explotar la mina de Aparkora con un criterio capitalista. Esta postura lo coloca en pugna con su hermano Bruno y los ve como un obstáculo para sus ambiciones mercantiles.

La figura de Rendón Wilka es crucial en la obra. Su comunidad lo había escogido y enviado a Lima. De allí regresa como un mestizo que ha sufrido la aculturación. Es amado y respetado por los comuneros pues adopta una posición de lucha por la antigua libertad de su gente indígena.

El valor de esta obra es que todos los diferentes estratos sociales de la zona serrana son pintados como en un gran mural para ilustrar la descomposición de las haciendas, que de alguna manera es símbolo de la descomposición nacional.

Hasta Aquí




Debo confesar de que ésta es la primera vez que leo la obra completa de un autor y veo el valor de haberlo hecho. Desde mi primer encuentro con Arguedas en Los ríos profundos, me sentí identificada con su temática, su vulnerabilidad y su estética. Más allá de toda limitación que su obra manifiesta en cuanto a la trasculturalidad, la subalternidad, etc., creo que Arguedas merece todo reconocimiento por haber dado, tal vez, más que una voz, una presencia al mundo del altiplano y ante esta empresa arguediana me sigo sacando el sombrero.

Por otro lado también me llamó la atención la falta de tapujos de ventilar con el lector los aspectos dolorosos de su niñez y la agonía del suicidio. Tal vez todo esto fue un recurso terapéutico con las luchas emocionales que tuvo que combatir durante toda su vida. Pero hay que tener agallas para hacerlo. Creo que una de nuestras luchas con el blog,-tal vez yo sea la única que padece de esto- es que expone cuan finita y poco profunda es mi mente. Cuando uno entrega un “paper” sólo el profesor se entera y para entonces lo escrito confirma lo que ya se había percatado El blog lo exhibe en una vidriera, cuánto más un libro de alguien que ocupó un lugar de prestigio público y seguramente debe haber tenido su séquito de enemigos.

Para una mente sencilla como la mía, las obras literarias con fuerte influencia del surrealismo y el vanguardismo, que demandan un gran ejercicio intelectual de parte del lector, las admiro, pero sigo gustando de las de estilo más realistas. Coincido con Angel Rama en apreciar la valía de Arguedas de resistir a las presiones de las corrientes literarias de sus contemporáneos.

El mérito de haber leído casi toda la obra de Arguedas es que uno puede observar cierta evolución y contradicciones en él. Por ejemplo, en cuanto a la destreza lingüística no es el mismo escritor de Aguas al de Todas las sangres . Nuestra lectura de la poesía arguediana reveló un pensador por momentos desconectado con sus lectores y con su consigna, como es el caso de Oda al jet o A Cuba. De todas maneras, este descubrimiento de algunas falencias, no han ensombrecido mi respeto y admiración por el autor.

Monday, March 06, 2006

Vetas religiosas: "Textos esenciales, Obras Completas, Tomo V"

Vetas religiosas: Textos esenciales, Obras Completas, Tomo V




En nuestra presentación anterior observamos que, Angel Rama sostiene que en las obras Arguedas se detecta “el componente original de la cosmovisión del autor”. Si en las obras hasta ahora leídas sospechábamos de tal postulado, la lectura de La agonía de Rasu Ñiti lo confirma.

Esta narrativa reproduce la visión cósmica de las creencias quechua a través de los ritos de la danza de muerte de un danzak. En este cuento Arguedas reincide en los bailarines de tijeras, que con carácter referencial habían aparecido ya en Yawar Fiesta y Los ríos profundos. Sin embargo, en esta oportunidad, este bailarín que despliega su arte en una sofisticada coreografía que combinaba un centellante disfraz, destrezas con una tijera y piruetas acróbatas al son de un arpa y violín, trasciende lo puramente novedoso y festivo de las otras obras. Aquí el danzak Rasu Ñiti es un personaje a través del cual se exaltan las virtudes comunitarias de la sociedad quechua, la continuidad de las tradiciones indígenas y la esperanza mesiánica de que algún día la nación quechua será reconstruida y liberada.

En comunicación con las fuerzas mágicas de la naturaleza, Rasu Ñiti, interpretando su última danza, a través de siete etapas de diferenciado ritmo, reproduce el paso de la vida a la muerte – o la inmortalidad- le trasmite a su sucesor el Wamani o “el espíritu del cóndor”. Arguedas estructura su prosa de acuerdo a los diferentes movimientos de la música andina, la cual también es un ente de fusión de los espíritus humanos –el de los músicos y el bailarín- con los cósmicos.

Este rito de muerte trasciende lo cultural y folklórico. En él se describe un cosmos donde espíritus habitan montañas y otros elementos naturales. Estos también tienen la virtud de encarnarse o “posesionarse” de ciertos individuos, quienes a su vez están facultados de ver un mundo espiritual que otros no perciben, aunque sucumben sometiéndose al determinismo fatalista del que son víctimas.

Todos estos elementos constituyen una expresión transcultural vista desde adentro, desde la perspectiva y la creencia de la cosmovisión incaica. La vitalidad del cuento podría llevar a algunos a interpretarlo como realismo mágico. Sin embargo, Rama negaría esta identificación ya que ubica a Arguedas entre aquellos que poco coquetearon con las nuevas corrientes literaria. Nosotros también afirmamos la postura de Rama ya que hemos observado que las vigentes creencias religiosas incaicas entre los indígenas serranos del Perú son un elemento identitario reiterado en muchas de las obras arguedianas. Por otro lado, el escritor, quien confesó no ser un “aculturado”, sino “un peruano que orgullosamente habla de lo cristiano y lo indio, lo español y lo quechua” (El zorro de arriba y el zorro de abajo. p.297) demuestra igual lealtad a la fe cristiana como a la ancestral quechua.

Thursday, March 02, 2006

Vetas religiosas en "Señores e Indios"

Vetas religiosas en Señores e Indios



A diferencia de El Sexto donde tuve la sensación de toparme con una oscura piedra con escasos recursos para mi búsqueda temática, aquí percibo que la veta religiosa penetra muchos de los relatos y artículos culturales que se recopilaron en Señores e indios

Sin embargo, a pesar de las recurrentes alusiones a las creencias de los indígenas andinos, en muchos casos como referentes esclarecedores de otras menciones de igual índole en la narrativa de Arguedas, en esta oportunidad mi atención se enfocó en las palabras introductorias de Angel Rama.

El crítico venezolano parece aprovechar la ocasión para exaltar los méritos de toda la obra arguediana a precio de obviar su cometido inmediato, el de presentarnos Señores e indios. Sin embargo, en este derrotero tal vez desenfocado, pero acertado, Rama interpreta la temática indigenista “a través de la cosmovisión de las comunidades andinas” Esta observación de alguna manera coincida con la hipótesis que estoy buscando elaborar a través de las lecturas de nuestro curso. Hasta ahora en todas las novelas con enfoque indigenista de Arguedas he encontrado referencias, ritos y hasta personajes –como es el caso de La Agonía de Rasu Ñiti- que ponen de manifiesto la vigencia de creencias y prácticas de la religión quechua precolombina. ¿Es esto una pincelada estética, un mero retoque cultural en la narrativa arguediana?, o es una clara manifestación que lo más profundo de desarraigar o “convertir” del alma humana es la fe religiosa fundada sobre una concepción cosmogónica, lo cual le confiere al indígena serrano una identidad que se preservó inalterable durante cuatrocientos años de imposición extranjera.

Rama asevera que la constante presencia de elementos míticos no persigue una función meramente temática, sino que:

“Tales rasgos de una producción intelectual pueden conectarse con una
problemática más amplia y compleja, de la cual no sería sino las manifestaciones
superficiales: traducciones epidérmicas de un funcionamiento mental profundo
donde puede detectarse el componente original de la cosmovisión del autor” (9)

Más adelante Rama asegura que “en el caso de Arguedas reencontramos algunas notas distintivas de este pensar, que es propio de loas sociedades primitivas y también de las tradicionales” (9)

Estas conjeturas de Rama me llevan a tomar un paso más audaz en mi lectura. Hasta ahora consideraba que en su esmero por esbozar una identidad serrana Arguedas incluía ciertos aspectos de la cosmovisión precolombina, pero ahora considerar que su obra es una proyección de su propia cosmovisión y que su mentalidad está impregnada de pensamientos míticos abre una gama de conjeturas y observaciones dignos de un proyecto más extenso y asiduo

Sunday, February 19, 2006

Vetas religiosas: El Sexto




Vetas religiosas: El Sexto

Á diferencia de las obras anteriores donde El Dorado de mi pesquisa parecía asomarse reluciente y al alcance de la mano, al acercarme al Sexto sentí que tenía que andar hurgando con linterna, palos y uñas. Fui tentada a lanzarme en búsqueda de otras vetas en la mina literaria arguediana. Una que me sedujo fue la consideración de un posible paralelismo entre la cárcel con sus tres niveles, el enfrentamiento de dos partidos, los diferentes núcleos raciales, la pugna por el poder, etc, con la sociedad peruana o limeña. Este era tema recurrente en las tertulias de reflexión política de los presidiarios y en varias ocasiones los escuchamos delineando similitudes. Una noche, indignados por tener que conformarse con ser testigos impotentes de las brutalidades y bajezas de Puñalada y Maravi hacia “Clavel”, Cámac se preguntas: “¿Dónde está la diferencia entre el negocio de esos, de afuera, y de éstos, aquí adentro? “ (26).

Otra tentación fue buscar una continuación entre Gabriel, la voz narrativa y personaje principal, en quien, por ser un serrano con altos “ideales de justicia y libertad” (77) y “un estudiante sin partido” (31) se podría trazar una continuidad con Ernesto de Los ríos profundos, en quien ya se percibía gran sensibilidad social. De todas maneras, a pesar de estos deslumbramientos efímeros, decidí seguir abocada a mi faena, a pesar de que en esta oportunidad la paga sea magra y el esfuerzo más arduo.

Encontré que a lo largo de toda la obra hay rastros de creencia cristiana en algunos presos, aunque más no sea una ligera mención de Dios. Tal es el caso del piurano, que ante el injusto e inhumano trato que recibían los más débiles de la penitenciaría exclama “No hay dios” (52) Caso similar fue el de Luis, quien lo invoca como el último recurso de establecer justicia y castigo (87) y otro preso se refiere a Dios como un modelo a imitar de alguien que no murió “feliz, a pesar de que salvaba al mundo” (69) .

El único preso que demuestra visiblemente su fe es Mok`ontullo, quien “se persignó con cierta ironía” (30), al entrar en una celda donde se estaba llevando a cabo una acalorada discusión política y quien, ante el cuerpo muerto de Cámac asume el liderazgo del sencillo velatorio e invita a rezar “un Padrenuestro en voz alta” (102).

Es notable que en Gabriel la única referencia al cristianismo es visual y evocativa. Al contemplar la cúpula de la María Auxiliadora al atardecer, ésta despertaba reminiscencias, al igual que Ernesto, de las bonitas iglesias cusqueñas de “Santo Domingo y la catedral” (22). Por otro lado, también con cierta similitud al personaje de Los ríos profundos, Gabriel parece haber abrazado creencias de origen indígena. Atribuye vida a los espíritus de los muertos y luego de la muerte de Cámac, en voz alta le da algunas recomendaciones a su espíritu y le pide que obre de mensajero con los espíritus del Pianista y el Japonés (109). Esta creencia de la vida de los muertos se ve reforzada cuando luego comenta que en algunos años “en símbolo levantado sobre la helada plaza de esa ciudad....Alejandro Cámac permanecerá vigilando. Si aparece algún tipo d esclavitud, cualquiera que ella sea, Cámac se echará a andar de nuevo, levantando a los tiranizados; los convocará lanzando voces, igual que Pachacámac” (111). Más adelante ante la desoladora bajeza de la prostitución de “Clavel”, le pide al Hermano Cámac, quien ya era “todopoderoso” que lo lleve a “alguno de los ríos grandes de nuestra patria “ donde se purificará de “todo los que he visto en esta cueva de Lima” Esta creencia en las virtudes purificadoras de los ríos era común entre los quechuas, quienes veneraban las huacas o espíritus de los ríos y los consideraban lavatorios santos de los pecados y las enfermedades. Recordemos que Ernesto también al final de Los ríos profundos adjudica al río Pachachaca poderes curativos por ser el sitio donde residía “el espíritu purificador de doña Marcelina” (234)

Monday, February 06, 2006

Vetas religiosas en la obra de Arguedas; "Los ríos profundos" (2)




Vetas religiosas en la obra de Arguedas; "Los ríos profundos" (2)

En la primera parte de mi acercamiento a la obra en búsqueda de elementos religiosos me concentré en aquellos que ponían de manifiesto la relevancia y vigencia que las creencias andinas, en especial en Ernesto. En esta segunda porción quisiera observa el papel que el cristianismo juega en esta novela.

La figura del Padre Linares, principal protagonista religioso de la obras, desde el mismo arribo de Ernesto al colegio, despierta cierta desconfianza en el muchacho y lo asocia con “un pez de cola ondulante y ramosa, nadando entres las algas de los remansos...” (48) Esta metafórica imagen del director del colegio se va cristalizando a través de diferentes sucesos. El incidente que revela la verdadera identidad y lealtades del clérigo es el levantamiento de las cholas en el motín por la sal y la consecuente inestabilidad de orden que esto produjo en Abancay. El cura no escatima loores para los militares, cuando estos llegan a poner orden, como lo había hecho en otras ocasiones, usa nuevamente la homilía para elogiar públicamente al jefe del regimiento. (168).

La figura del sacerdote como un lacayo de los ricos comienza a desarrollarse desde la misma llegada de Ernesto al colegio. Muy pronto nuestro protagonista observa el trato especial que los hacendados –dueños de tierras como de indígenas- recibían del cura en las visitas de los domingos. Aún en los sermones se buscaba agradar a los invitados. Ernesto observa que: “se elogiaba a los hacendados y decía (el Padre Linares) que ellos eran lis fundamentos de la patria, los pilares que sostenían la riqueza” (47).

El incidente que más claramente ilustra la ambivalente postura eclesiástica es el motín. Las mujeres buscaron apoyo del Padre Linares y éste las persuadió a abandonar la protesta y recurre a exhortaciones tales como “no ofendas a Dios” u “Obedece a Dios” (99).

Aparte del recurso de autoridad que usa la Iglesia para mantener un pasivo sometimiento de los indígenas, es interesante observar como se aprovecha y mal usa la doctrina del sufrimiento para imponer el sometimiento de las masas. A través de un sermón que a los oídos de Ernesto sonaba hipócrita, el Padre linares les recuerda a los insurgentes que “Aquí hemos venido a llorar, a padecer, a sufrir, a que las espinas nos atraviesen el corazón como a nuestra señora” (120). Ante tales palabras todos prorrumpen en llanto y compungidos se arrodillan.

El cristianismo representado en esta obra, representado por el clero católico, juega un papel poco ilustre. Se muestra a la Iglesia como una entidad al servicio de los intereses de aquellos que poseen el poder, como los militares u los hacendados. Ernesto es un arquetipo de un gran sector de la población quechua, quienes abrazaron el cristianismo en muchas de sus prácticas e instituciones pero en quienes ciertas de la religión de sus antepasados precolombinos permanecían enraizadas.